Contra el ruso Putin
Un día Mirko conoció a una clow rusa llamada Antoshka. Fue su primera infidelidad –por ponerle algún nombre-, si se puede denominar infidelidad a un encuentro que no tuvo intercambios de fluidos ni nada convencional.
No es para arrepentirse haber hecho llorar a Antoshka, la clown del circo de Moscú. Les sirvió a ambos, supongo ¿Porqué ha de servirle a ella el encuentro con un periodista sin chispa, apocado, temeroso? Suponías que lloró para promocionar el circo, es decir te utilizaba para fines promocionales. En su currículum decía que era actriz. Pero igual te desencajó que tu pregunta humedeciera sus límpidos ojos pardos. Tus cuestionarios hasta ese momento nunca provocaban emociones. Quizás siempre tus preguntas habían sido insípidas, demasiado formales o desganadas. Buscabas terminar rápido.
Antoshka se te cruzó. Sus lágrimas ahora te parecieron honestas; por esa razón colocaste cara de pavo asustado. No sabías qué decir, mientras el pequeño chihuahua ruso de Antoshka, te clavaba sus ojos saltones como preguntándote: qué le hiciste a mi mamá, maldito. Quisiste beber un sorbo de café desde una taza pequeña, pero antes ella trató de explicar su pena. Utilizó por primera vez –en esa entrevista- su aparatoso libro, tipo enciclopedia, de códigos gestuales para poder entenderse en castellano. Ella hablaba ruso, inglés, francés, portugués y alemán. ¿De castellano? poco o nada. Igual se habían tratado de comprender en una ensalada de idiomas, donde mandaba el inglés. Tu inglés era horrible. Antoshka te aclaró que la comunicación partía por la mirada donde los ojos estaban conectados al alma. Lo consideraste un argumento cursi, pero convincente si venía de ella. Ya le creías.Ya no era la artista rusa a la que consideraban la mejor clown del mundo, según la promoción del circo, si no que alguien capaz de pasar del llanto a la risa, alguien que no se cuestionaba ni reprimía sus emociones. En una de esas te invitaba a su dormitorio. Tenía el cuerpo delgado, pero duro. Su edad no importaba. Al perro lo dejabas encerrado en el baño.
Por recordarle a Putin, el presidente ruso cuyo apellido suena como puto, y Rusia, Antoshka había hecho un alto en sus jugarretas con el perro -que más parecía un conejo- quedó en silencio y lloró. Después de algunos minutos explicó que su país estaba atravesado por la falta de oportunidades, la indiferencia y la frustración. Te dijo que la imagen de niñas de 8 años prostituyéndose en las calles era el símbolo de esta nueva Rusia. Que ese Putin gobernaba para la mafia y que ella nació en el tiempo donde había más respeto por las personas.
Un truquillo con una mandarina distendió los ánimos. Antoshka volvió a lo suyo. Recuerdo que te sacó una risa con la mandarina.
Revisaste tu reloj y ya había transcurrido una hora. Mucho tiempo invertido en una entrevista para ese diario de mierda. De igual manera te sentías distinto, tal vez más seguro. Ahora dependería del director si saldría publicada. Al director no le simpatizaban los rusos; un punto menos. En la despedida la rusa halagó tus ojos. Quizás te hizo el cariño pensando en lo que escribirías; interesada la rusa. Igual te fuiste contento de aquella entrevista. Le propusiste el tema al director y como siempre te dijo medio en broma que no le dieras mucho espacio a “esa comunista hija de Putin”.
