“Chacabuco tiene doble personalidad, dos significados, dos historias y doble alma Escribe el artículo respetando las clásicas W del periodismo informativo, del gringo periodismo informativo. Qué (What): un concierto; Quién (Who): la mezzosoprano Ilia; donde (Where): Chacabuco, una ex salitrera que sirvió de campo concentración a los milicos de Pinochet; cuando (Where): ayer; Porqué (Why): revivía el teatro abandonado El rostro se me colocará como un pepperoni, afirmaba la mezzosoprano en el momento que posaba para las cámaras fotográficas en las puertas del teatro amarillento, en cuyas puertas todavía se podían leer mensajes como: Pour toi papa qui a perdu ta jeuresse… o todas nuestras vivencias saqueadas por esos fascistas militares. El sol fríe desde las 9 hasta las 18 horas, luego el frío. Caminar por las calles muertas a mediodía es comparable a meter la cabeza en un horno. ¿Qué se puede apreciar? Un caserío abandonado y perfectamente conservado por los milicos; con industria, plaza, pulpería, teatro y un mini museo armado con fondos alemanes. La mejor época del teatro fue en los años 30, cuando funcionaba como cine. Exhibía películas de Carlos Gardel. Los explotados obreros deseaban parecerse a Gardel, como Mirko a Miles Davis. Los obreros se drogaban con Gardel. Había muchas salitreras desparramadas por el desierto. La mayoría de los campamentos no contaba con cine. Chacabuco era la excepción. Llegaban de otras salitreras para ver al ídolo. Caminaban más de tres horas a pleno sol. Masoquismo era vivir y trabajar en los amarillentos puebluchos asfixiados por el desierto de Atacama. Masoquismo era aguantar a canallas patrones abusadores que si te declarabas en huelga, te mandaban a matar. Sólo había tierra, sol, calor, frío y trabajo. Por eso bien valía la pena achicharrarse la piel para ver y escuchar a Gardel. En aquellos cines no importaban los olores a sobaco ni a raja traspirada Algunos masoquistas tienen el descaro de idealizar el tiempo de aquella inhumana explotación del hombre. Menos mal que los alemanes inventaron el salitre sintético y terminaron con el infierno. En un par minutos el grueso rostro de la mezzosoprano adopta el color de un pepperoni. La mujer se aprieta con las dos manos la cara como si fuera una teta y lanza una risa descomunal, digna de una soprano. Algo de ese infierno le provocó risa. Chacabuco es un infierno, de todas maneras, por eso lo eligieron los milicos para atormentar a sus prisioneros, a mediados de los 70. Mirko piensa en la palabra infierno. Infierno = castigo = tormento = tortura. Tormento dieron los milicos a sus enemigos. ¿Después de muerto a dónde mierda irá Pinochet? Al infierno (a Chacabuco). En Chacabuco te esperamos Pinochet de la chuchesumadre, escribe Mirko, a modo de burla, mientras lee que Caruso, el Gran Caruso, quebró alguna vez con su canto los vidrios del Teatro de Chacabuco. Todavía tiene esperanza que publicará esto en la revista Gatopardo.
Mirko escribe esto con afanes literarios, mientras escucha a Miles Davis en la radio Futuro, algo parecido a drogarse. Lo hace en el computador de un publicista, mientras espera a Celeste. Tiene la –remota- esperanza que lo publicará en la revista Gatopardo, un magazine colombiano al que está suscrito.
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