Contra el plagiador
Un punzante dolor abdominal fue el primer síntoma de su colapso.
Había celebrado el éxito de su primera novela en un concurso literario internacional.
Las ganas de vomitar lo arrancaron de la cama. El viscoso vomito tenía un tono amarillo como el color de las tapas del libro del ayuntamiento de Huelva. Intentó volver a la alcoba, pero se desvaneció. Eran las 6 de la madrugada de un jueves. Luis Davis estaba mal, demasiado trajinado.
Al verlo en el suelo, la poetisa -con quien celebraba el éxito- llamó a la ambulancia. Luis decidió irse por las suyas al hospital. El hospital estaba a pocas cuadras. Los de la ambulancia igual le cobraron.
En el hospital le inyectaron un antiulceroso. El dolor, a su juicio, era efecto de su ansiedad, sin embargo no quería hacerse exámenes más concluyentes. Temía al cáncer.
Antes de la llegada de la poetisa, barajó varias ideas para continuar con su nueva novela, una novela corta. Escribir era como atornillar, decía. Esta vez necesitaba cientos de tornillos. No le importaba robar ideas o frases, incluso cuando escribía tenía varios libros a la mano.
Había momentos en que la impotencia de crear una frase también se le transformaba en diarrea. Su maldito colon, su incontrolable colon. Era como una llave abierta sobre el WC. Después la sangre en el papel higiénico. Siempre igual. Cuando le sucedía, irremediablemente pensaba en cómo sería recordado. Le gustaba lo de escritor excéntrico, de escritor criminal, de escritor cocainómano o de escritor maldito, un Bukowsky cualquiera.
Venía del taller literario donde había invitado a una de las chicas a su casa con la intención de revisar sus poemas y celebrar íntimamente el premio por su novela sobre putas y drogas.
El resto pudo ser un trámite: la chica desnuda gimiendo sobre sus muslos, mientras una cámara de video registraba la escena. Era para su colección de videos caseros XXX que mantenía fondeada, aunque Celeste no fuera curiosa.
La poetisa preparaba un café después de despachar a la ambulancia. Celeste abrió la puerta sin escándalo, silenciosa, como para sorprender a su amor. La cocina estaba separada varios metros de la puerta principal. La chica pensó que se trataba de Luis. -¿Cómo te fue?-alcanzó a decir.
Una semana después del brutal y sanguinario ataque, aparecieron los ojos de Mirko. No importa quien los encontró, sí el lugar. Fue en el interior de un tarro de Nescafé, en el departamento de Celeste.
A la lista de sospechosos se sumó la poetisa.

La Piojillo dijo
Me molestó que los ojos aparecieran en una lata de ese producto híbrido que nos venden por café... en un frasco de vidrio flotando en su interior, perfecto, es como si un ojo te mirara... y mejor si es en un frasco de salsa de tomates... con el único ojo
Por cierto la narración es excelente, ironía, mensajes como diciendo al que le caiga el sayo que se lo ponga
se me vienen a la mente varios conocidos, eso me hace reir de tu fino bisturí certero, hasta me siento tocado y eso es buenbo para la autocrítica
buen trabajo... por tu edad, siento que en realidad la literatura nortina tiene buena sangre joven
1 Junio 2007 | 08:47 PM