No es Mirko quien redacta esto….
No es Mirko quien redacta esto, lo aclaro para quienes me conocen o conocieron, sino Leonidas, o mejor Leonidas Davis Trigo, mi nombre completo, aunque esté demás inventarme esos apellidos. Aquí los apellidos sirven de etiqueta para saber quien eres, de dónde vienes o por último: si tienes dinero o el respaldo suficiente. De lo contrario serás un “bastardo hijo de puta”, como me lo han dicho, insulto que me resbala; cuando digo esto, recuerdo la obra de teatro “Gemelos” del grupo “La Troppa”, donde dos hermanos se autoeducaban a través de golpes e insultos. Yo me eduqué en una escuela fiscal, después fui a una universidad pública, todavía no termino de pagarla. Sigo cesante. Por esto desprecio los apellidos, las castas, las familias que se repiten en la política, aunque suene a resentimiento barato o excusa de lo que nunca seré. Me quedo con esto último pues vivo con lo justo, al borde de la limosna.
Confieso que el hambre me ha llevado a escribir, a convencerme de que me interesa de sobremanera la literatura, como si no existiera algo menos lucrativo en el mundo. A eso le llamo vocación. El hambre siempre despierta el ingenio, de ahí mi nuevo oficio. Ahora, podría preguntarse: ¿Qué futuro puede tener este pobre diablo cesante, y para más recacha aspirante a escritor? Respondo que vivo el presente, aunque eso no quita que sea un pobre huevón condenado a la indefensión y a la muerte, como mi recordado amigo Patricio Riveros (Q.E.P.D), escritor mendigo. Por esto, para que no me pudra, por favor léame, y no pierda el tiempo, lectora o lector, en los escritos de un ex futbolista, un ministro o una prostituta, por nombrar algunos libros de moda. No se trata de subestimar su criterio al momento de elegir un libro, al contrario, deseo que comprenda mi odio, lo digo sin exagerar, contra aquellos que publican a través de millonarios contratos -que abultan más sus arcas millonarias- sus libros autoreferentes, sobre sus egos henchidos o sus experiencias efectistas. Lo peor es que no lo escriben ellos, sino que tipos como yo, escritores hambrientos. Es más, me pudren los ojos de los lectores de supermercado, ojos susceptibles a la oferta, a lo barato, ojos que reducen todo al rectángulo de una vitrina o una pantalla de televisión.
Para este libro imagino una caricatura del célebre cuadro “el grito” de Munch. Fue lo primero que se me ocurrió. Hace poco leí que “el grito” fue robado de un museo, quizás un carterista chileno, de aquellos que abundan en Europa, de los que hacen patria. Nos gusta eso de andar robando por allá, bien lejos de este infame país de rateros.
Quiero vender “mi gritito”, total estamos en Chile, Latinoamérica, Tercer Mundo, o como todo pobre que tiene hambre. El mercado de baratijas está cerca, le llaman Feria de Las Pulgas, y también venden cosas robadas.
Escribo, luego pienso. Después repienso y reescribo. Hay momentos que escribo como si me apuntaran con una pistola. Si paro, el maldito me dispara. Ahora siento aquella sensación. Es lo mismo que apretar el ano de los puros nervios. Estoy en un computador prestado, en la oficina de un publicista. Finjo que navego en el Google. Son las 21.45 horas de un viernes, y mi amiga, así la llamo ahora, termina como a las diez.
